Siguió a su empleada hasta una casa de barro… y allí descubrió la riqueza que el dinero no puede comprar Rafael Cavalcante tenía veintiséis años, un apellido que abría puertas sin necesidad de tocar y una vida tan perfectamente ordenada que jamás había tenido que preguntarse cuánto costaba realmente sobrevivir. Vivía entre mármol, cristal y silencios elegantes, en una mansión de Alphaville donde todo brillaba: la piscina infinita, los autos importados, la vajilla que solo se usaba cuando había invitados importantes, incluso las sonrisas parecían parte de una decoración cuidadosamente escogida.
Rafael Cavalcante tenía veintiséis años, un apellido que abría puertas sin necesidad de tocar y una vida tan perfectamente ordenada…